- Banderas Negras Y Un Nuevo Lenguaje Político
- La Reacción Del Gobierno Y La Disputa Por El Relato
- Nativos Digitales Y Una Nueva Forma De Informarse
- Democracia Directa Y Rechazo A Los Partidos
- ¿Hasta Dónde Llegará El Potencial De Estas Movilizaciones?
Las manifestaciones de la Generación Z en México del 15 de noviembre de 2025 abrieron un debate urgente: ¿estamos viendo el mismo tipo de estallido juvenil que en las protestas juveniles en Nepal o en las movilizaciones de jóvenes en Perú, o se trata de fenómenos distintos bajo una etiqueta global? La imagen de banderas negras con calavera sonriente y sombrero de paja, inspiradas en Monkey D. Luffy, recorriendo calles mexicanas, colocó a esta generación en el centro de la discusión pública y política.
Banderas Negras Y Un Nuevo Lenguaje Político
En varias ciudades mexicanas, miles de jóvenes y adultos marcharon con este símbolo tomado del manga One Piece. No fue un detalle menor. La bandera representa el intento de apropiarse de un imaginario global y convertirlo en emblema de descontento local.
En la Ciudad de México, la marcha reunió alrededor de 20 mil personas. Hubo consignas contra la administración federal, críticas a la presidenta Claudia Sheinbaum y reclamos sobre el rumbo político del país. La movilización inició de forma pacífica, pero terminó en enfrentamientos entre un bloque radical y cuerpos de seguridad, con más de cien personas lesionadas.
La presencia de esta iconografía pop diferencia a las manifestaciones de la Generación Z en México de los repertorios más tradicionales. Sin embargo, conecta con un patrón global: una generación que politiza los símbolos de su cultura digital y los lleva a la calle como parte de su identidad.
La Reacción Del Gobierno Y La Disputa Por El Relato
La respuesta oficial fue inmediata. La presidenta Sheinbaum afirmó que la protesta había sido impulsada por políticos opositores, grupos violentos y una campaña en redes sociales operada desde el extranjero. Subrayó, además, que la mayoría de las personas asistentes no eran jóvenes.
En paralelo, se difundieron versiones sobre el uso de millones de cuentas automatizadas para promover la marcha y sobre el alto costo de la campaña digital. Esta narrativa buscó enmarcar la protesta como un movimiento artificial, amplificado por intereses políticos y tecnológicos más que por un malestar genuino.
Esta tensión por definir qué fueron exactamente las manifestaciones de la Generación Z en México es clave. De un lado, se presenta a la protesta como una expresión orgánica de inconformidad juvenil. Del otro, como una acción montada por una oposición deslegitimada que intenta “montarse” sobre un lenguaje generacional y global.
¿Qué Une A Nepal, Perú Y México?
En años recientes, las protestas juveniles en Nepal y las movilizaciones de jóvenes en Perú se han convertido en referencia cuando se habla de la Generación Z como actor político. En ambos países, las y los jóvenes salieron a las calles para cuestionar a élites políticas que perciben como corruptas, desconectadas o incapaces de responder a sus demandas.
Hay elementos comunes. Las redes sociales funcionaron como catalizador y herramienta de organización. Los jóvenes utilizaron memes, videos cortos y transmisiones en vivo para documentar la represión, difundir consignas y visibilizar los abusos del poder. La calle y la pantalla se convirtieron en un mismo espacio de disputa simbólica.
En ese sentido, las manifestaciones de la Generación Z en México se inscriben en la misma ola global. El uso de símbolos de la cultura pop, la organización digital y la sensación de estar conectados con luchas en otros territorios forman parte de una narrativa compartida. Sin embargo, el contexto mexicano introduce matices que impiden una comparación mecánica.
Una de las principales diferencias con las protestas juveniles en Nepal y con las movilizaciones de jóvenes en Perú es la relación de esta generación con el gobierno. En México, diversos estudios de opinión señalan que Claudia Sheinbaum mantiene niveles de aprobación elevados entre la población joven.
Esto significa que la movilización del 15 de noviembre no representó, necesariamente, a la mayoría de la Generación Z. Más bien, fue un espacio donde coincidieron sectores juveniles críticos, grupos opositores y ciudadanos de distintas edades que rechazan al gobierno actual.
Mientras en Perú o Nepal las protestas juveniles tienden a articular un rechazo más amplio y sostenido al sistema político, en México el mapa es más fragmentado. Hay jóvenes que simpatizan con el proyecto en el poder, otros que lo rechazan frontalmente y un segmento que se mantiene en una posición ambivalente, desconfiando tanto del gobierno como de la oposición.
Nativos Digitales Y Una Nueva Forma De Informarse
Otro punto en común entre todos estos países es que la Generación Z se define como nativa digital. En México, millones de jóvenes crecieron con dispositivos móviles, redes sociales y plataformas de video como parte cotidiana de su vida.
Para ellos, la televisión abierta y los periódicos impresos no son la principal fuente de información. Su agenda se construye en Internet. La conversación en X, TikTok, Instagram o Twitch pesa tanto o más que los noticieros tradicionales.

Por eso, las manifestaciones de la Generación Z en México no se entienden sin el papel de las redes: ahí se difunden convocatorias, se comparten mapas de la marcha, se explican consignas y se denuncian abusos. Lo mismo ocurre en las protestas juveniles en Nepal y en las movilizaciones de jóvenes en Perú, donde el protagonismo digital es una constante.
Precariedad, Desigualdad Y El Temor A Un Futuro Robado
Sin embargo, la dimensión digital no explica todo. En el caso mexicano, el trasfondo material es determinante. Ser joven en México suele significar enfrentar trabajos informales, bajos salarios, escasas prestaciones y pocas oportunidades reales de movilidad social.
La Generación Z incluye a estudiantes universitarios de grandes ciudades, pero también a jóvenes de colonias populares, zonas rurales y regiones golpeadas por la violencia. Ese mosaico se traduce en experiencias muy diferentes, pero unidas por una sensación compartida: el miedo a que el futuro esté ya hipotecado.
En este punto, la comparación con las protestas juveniles en Nepal y con las movilizaciones de jóvenes en Perú se vuelve más clara. En los tres países aparece una queja central: las instituciones políticas no han respondido a las necesidades básicas de empleo, educación, seguridad y bienestar. La promesa de progreso se percibe rota o incumplida.
Democracia Directa Y Rechazo A Los Partidos
Otro rasgo que comparten estas movilizaciones es el hartazgo con los partidos políticos. En México, muchos jóvenes desconfían tanto de los partidos tradicionales como de las nuevas fuerzas. Les resultan estructuras rígidas, alejadas de sus códigos y de sus urgencias.
Por eso, tienden a privilegiar formas de acción directa: marchas, bloqueos, protestas simbólicas, intervención del espacio público y campañas digitales. La lógica es sencilla: si los partidos no representan sus intereses, entonces la presión debe ejercerse desde fuera de las instituciones.
En Nepal y Perú se observa una dinámica semejante. Las nuevas generaciones cuestionan abiertamente la legitimidad de congresos, gobiernos y partidos. La calle se convierte en una especie de “plebiscito informal”, donde la legitimidad se disputa a gritos, pancartas y transmisiones en vivo.
En México, sin embargo, hay un componente adicional que marca una diferencia profunda con otros contextos: la violencia estructural contra las juventudes. Diversos académicos han utilizado el concepto de “juvenicidio” para describir la muerte sistemática de jóvenes en un entorno de crimen organizado, colapso de derechos y precarización extrema de la vida.
La desigualdad y la inseguridad empujan a muchos jóvenes a migrar, a desplazarse internamente o a quedar atrapados en territorios controlados por grupos criminales. Ahí, se convierten en blanco privilegiado para el reclutamiento forzado, la extorsión y la desaparición.
Cuando estos jóvenes salen a la calle, cargan con esa experiencia de riesgo cotidiano. Las manifestaciones de la Generación Z en México no son solo un acto político; también son un gesto de resistencia frente a un contexto donde simplemente “sobrevivir” ya es una batalla diaria.
¿Hasta Dónde Llegará El Potencial De Estas Movilizaciones?
En redes sociales ya se anuncian nuevas protestas y acciones colectivas. El debate sobre si se trata de un movimiento genuino de la Generación Z o de una movilización cooptada por actores políticos seguirá abierto. Lo cierto es que la generación más joven está aprendiendo, en tiempo real, cómo usar su peso demográfico y digital para incidir en la agenda pública.
Si se compara con las protestas juveniles en Nepal y con las movilizaciones de jóvenes en Perú, la respuesta es matizada. Sí, hay elementos comunes: desconfianza hacia las élites, uso intensivo de redes, cultura pop como recurso político y demandas de un futuro más justo. Pero también hay rasgos propios del caso mexicano: un gobierno con alto respaldo juvenil, un contexto de violencia extrema y una oposición fragmentada que busca capitalizar cada estallido.
A mediano plazo, el peso político de esta generación será ineludible. Cuando la mayoría de la Generación Z esté en edad de votar, su participación podrá inclinar la balanza en las urnas. Para entonces, lo que hoy vemos como marchas aisladas o movilizaciones coyunturales podría consolidarse en formas más organizadas de acción colectiva.
En ese escenario, las manifestaciones de la Generación Z en México podrían pasar de ser un símbolo de inconformidad a convertirse en un factor decisivo de cambio institucional. Los partidos, los gobiernos y las élites económicas tendrán que decidir si siguen ignorando estas voces o si se atreven a transformar sus propias lógicas para incorporar las demandas juveniles.
Mientras tanto, la comparación con las protestas juveniles en Nepal y las movilizaciones de jóvenes en Perú seguirá siendo útil para entender que lo que ocurre en las calles mexicanas no es un episodio aislado. Forma parte de una ola global donde las y los jóvenes, armados con teléfonos, memes, cultura pop y una profunda sensación de injusticia, están reclamando algo que consideran básico: el derecho a tener un futuro propio.








